Medio siglo de éxitos y tormentas

Semblanza de Independiente Santa Fe con motivo de su cincuenta aniversario, el 28 de febrero de 1991.

Por Eliécer Ortega

Hay personas o instituciones que nacen con un rótulo. Otras se lo ganan. Como es el caso del Independiente Santa Fe, un club de fútbol profesional que está cumpliendo hoy 50 años de vida, llamado con todos los méritos del caso el equipo de las tormentas. Las raíces del club se localizan en la celebración de las Bodas de Plata del Gimnasio Moderno, cuando en 1939 varios egresados del renombrado claustro bogotano se reunieron para jugar un partido contra jóvenes alumnos del colegio de la calle 75.

Y así como hay hombres que no recuerdan cuál fue su primer amor, el embrión santafereño tampoco recuerda cómo terminó ese partido.

Ernesto Gamboa, uno de los socios que firmaron el acta de fundación del club el 28 de febrero de 1941, por el contrario, dice en alguna parte que los primeros colores del equipo fueron el blanco con una franja azul. Luego cambiaron al blanco-rojo del club inglés Arsenal, porque el azul y también un verde que llegaron a utilizar se desteñían.

Los gimnasianos se reunían en el Cafe Rhin del Pasaje Santa Fe, al lado de la plazoleta del Rosario, donde estudiaban. De allí emigraron hacia los Campos del Litográfico para llegar antes del primer campeonato rentado a una sede en la calle 22 con la carrera octava.

Las crisis y las tormentas comenzaron pronto.

Los santafereños se pelearon con políticos, escritores y periodistas de El Tiempo porque el grupo tomó la costumbre de dar la Vuelta a la Manzana, un trote alrededor del Rhin, la Heladería Brodway, El Tiempo, El Espectador, el Café Los Molinos y Nuestra Señora del Rosario.

En el Santa Fe, dicen, siempre han coexistido dos corrientes ideológicas, las alimentadas por Gonzalo Rueda Caro y Jorge Ferro Mancera, dos presidentes cuyo paso dejó una honda huella. Pero en el fondo, ambos grupos defendían una misma cosa: sede propia, divisiones inferiores y una identidad propia en la cual la condición de la persona era el aspecto fundamental.

El primer desplome santafereño, como el de todos los clubes reunidos en torno de la Dimayor, se produjo al extinguirse la romántica época de El Dorado, cuando en 1954 se firmó la paz y el fútbol-arte dejó como herencia un rudimentario elemento criollo.

Algunos de los futbolistas extranjeros que vinieron en esa época, como Adolfo Pedernera, cobraron primas de hasta 10 mil dólares. Al desintegrarse el circo, a un jugador colombiano le pagaron 100 pesos por partido.

Hasta 1975 Santa Fe fue un club manejado bajo el patrón ancestral del aficionado que le regala al equipo la ficha de un jugador y que, como entidad sin ánimo de lucro, compite por la satisfacción del triunfo. Pero los vientos soplaron y las cosas cambiaron.

En ese año 1975 Santa Fe ganó la que hasta ahora es su sexta corona. No tenía figuras estelares. El chileno Francisco Hormazábal se las arregló para que un grupo humilde (Oscar Bolaño, Alfonso Cañón, Hernando Piñeros, Darío López, Carlos Alberto Pandolfi, Moisés Pachón, Alonso Rodríguez, Héctor Javier Céspedes, entre otros), sorprendiera a rivales más encopetados.

Al año siguiente, cuando Guillermo Cortés intentó echar la casa por la ventana haciendo costosas contrataciones, el equipo no funcionó y los problemas que hasta ese entonces eran rumores inconfesables irrumpieron con violencia.

La crisis económica estalló cuando Cortés se fue y asumió la presidencia Alfonso Rozo. Debido a manejos equivocados en la negociación de jugadores extranjeros y a inversiones sin la debida orientación, se originaron enormes pérdidas.

Las cosas empeoraron cuando a Rozo lo sucedió Gabriel Camargo, a quien en el Santa Fe se debe la paternidad del jugador-mercancía. Camargo vino con su cuadrilla de jugadores y cuando sus desesperados esfuerzos por salvar una cuantiosa inversión fracasaron, se fue con ella.

El siguiente capítulo fue el de la pugna entre Camargo y Fernando Carrillo. El primero le cedió al segundo sus acciones pero aquél se marchó con el pase de sus jugadores. Santa Fe, súbitamente, se quedó sin futbolistas, sin sede, sin elementos de transporte y hasta sin balones.

Carrillo, dicen, perdió enormes sumas de dinero. Un equipo de fútbol profesional es el producto del trabajo y del dinero. En este caso solo hubo lo segundo y las cosas, lógicamente, no funcionaron.

En el primer semestre de 1985, Santa Fe de pronto descubrió que estaba al borde de la bancarrota. Tenía una gigantesca deuda (150 millones de pesos) por cuestiones administrativas y el equipo estuvo a punto de no aparecer en el segundo torneo.

Hubo una asamblea. El equipo volvió a cambiar de manos. La llave salvadora la integraron esta vez Efraín Pachón-Fanor Arizabaleta. El primero, un hombre que recita como una poesía las alineaciones del equipo desde 1948, aportó las ideas; el segundo, que también se las conoce de memoria, puso el dinero.

Para restablecer el orden en la casa, el abogado Luis Fernando Salazar firmó un concordato, una figura que se inventaron para salvar empresas en quiebra; otro abogado, Roberto Troncoso, aireó la cuestión laboral. A los empleados les debían salarios de seis meses y los futbolistas no cobraban primas desde hacía dos años.

Pachón consiguió diez hectáreas en el Parque La Florida y allí construyó seis canchas. Hizo tómbolas, vendió acciones. Y compró una buseta. Llamó a un grupo de 16 exjugadores que formaron 16 equipos de divisiones inferiores y Santa Fe, luego de un azaroso periplo de casi medio siglo, volvió a sus comienzos: las divisiones inferiores. Y le añadió unas escuelas de entrenadores y de preparadores físicos.

Santa Fe promocionó a su primer equipo a una generación de jóvenes jugadores Eduardo Niño, Wilmer Cabrera, Fredy Rincón, Fredy León, entre una lista de 25 y después desató una ira santa al venderlos para terminar de pagar sus deudas.

Entre 1987 y 1990 fue tres veces finalista. Pero también tuvo grandes descalabros, como el de 1985 cuando el Tolima le impidió en Ibagué entrar a la liguilla final. O cuando un título al alcance de la mano (tres puntos de ventaja a tres fechas del final) se le hizo humo en 1987.

Santa Fe ha sido campeón profesional seis veces. En 1948 los 20 goles del Gallego Lires López lo condujeron a su primer galardón. Pero sus grandes figuras de la época El Dorado René Pontoni, Angel Perucca, Héctor Rial, Oscar Bernau, Jorge Benegas, Germán Antón no le brindaron esa satisfacción. Julio Tocker y los 26 tantos de José Vicente Grecco sí, cuando en 1958 se tituló por segunda vez.

Al comenzar los 60, Santa Fe formó un equipo que ha resistido el paso del tiempo. ¿Quién no recuerda a Oswaldo Panzutto (25 goles) o a Orlando Alberto Perazzo (20)? ¿O a Carlos Aponte, Juan Montero, Miguel Reznik, Ricardo Campana, Guillermo Milne, Juan Carlos Pellegrino, Héctor Zipa González, Hernando Tovar, Jaime Silva, Mario Bustamante, Manuel Pacheco? En 1966 Gabriel Ochoa, con los 31 goles de Omar Lorenzo Devanni, le entregó la tercera corona. La quinta en 1971 la dio la onda yugoslava comandada por Toza Veselinovic Dragoslav Sekularac, Lazlo Jankovich con el aporte brasileño de Waltinho, el argentino de Miguel Angel Basílico y el criollo de Víctor Campaz, Alfonso Cañón, Chiqui García y Tumaco González.

Por último, 1975, un título con el rótulo de la modestia. Al año siguiente, salto al precipicio al formarse un equipo costoso que convirtió grietas en troneras por las cuales el club empezó a ir cuesta abajo.

En esa época comenzó a sumirse en una anarquía que vio desfilar a 18 técnicos en 13 años (1975 y 1988). Uno de ellos duró sólo 24 horas (Héctor J. Céspedes-86). También hubo dos casi al mismo tiempo (Juan Urriolabeitía-Juan C. Lorenzo) y hasta cuatro en un mismo año (Pinto-Silva-Céspedes-Rodríguez-86). Lo último que le ha sucedido fue la huelga que le montaron técnico y jugadores en 1988, algo típico en un equipo que ahora le toca vivir del pasado porque su presente es intrascendente.

*Publicado originalmente en el diario El Tiempo el 28 de febrero de 1991.

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