El día que Santa Fe goleó 7-3 a Millonarios

Aquel partido, jugado el 23 de febrero de 1992, es revivido en el libro “Santa Fe, la octava maravilla”

tilger y tren

Daniel Tilger y Adolfo Valencia marcaron gol ese día

Por Carlos Eduardo González

Cuando quieren sacar pecho, los hinchas de Millonarios hablan del triunfo sobre Real Madrid, en un amistoso, en 1952. Los de Santa Fe, en cambio, rebobinan la película hasta el domingo 23 de febrero de 1992 para revivir el clásico capitalino más recordado de la historia.

De los partidos oficiales por torneo colombiano que acredita Santa Fe desde 1948, ninguno tan especial como el de la soleada tarde del domingo 23 de febrero de 1992. Como novedad para atraer la atención de los aficionados en el comienzo del Torneo Apertura, la Dimayor determinó disputar en la primera jornada los clásicos regionales. Y Santa Fe, inesperadamente, bordó la alegría más grande de todos los tiempos en el corazón de sus hinchas: goleó 7-3 a Millonarios en el partido de la historia.

No fue el encuentro más importante, ni siquiera en la historia de los clásicos. No fue trascendental, pues nada decidió. Ningún título se otorgó al cabo de esos 90 minutos, que significaron el punto de partida de una campaña que llevó a Santa Fe al primer lugar de su grupo (B) en aquel primer semestre. Pero, si algún día se realiza una encuesta entre los hinchas ‘albirrojos’ y se les pregunta cuál es el partido que más recuerdan, el triunfo que más felices los hizo, no cabe duda de que ese 7-3 encabezaría con sobrada ventaja.

Ese Santa Fe modelo 92 era dirigido por el temperamental Jorge Luis Pinto y presentaba como novedades al zaguero Álvaro Aponte (ex América), al argentino Daniel Tílger y al peruano Pablo Zegarra, así como la reincorporación de Hernando ‘Pimienta’ Cuero y Armando ‘Pollo’ Díaz, viejos conocidos de la afición. En 1991, Santa Fe había tenido una buena campaña, pues fue segundo del Apertura (por detrás de Millonarios), séptimo del Finalización y segundo del cuadrangular B, lo que le significó un cupo en el cuadrangular final, al lado de Nacional (campeón), América (subcampeón) y Junior (tercero). Aunque su presentación en esa última instancia fue decepcionante (un triunfo y cinco derrotas), había sido protagonista a lo largo de la temporada y los hinchas estaban ilusionados.

Fue una ilusión que, en todo caso, pareció desvanecerse durante la pretemporada, en la que Santa Fe se mostró sin coordinación, especialmente en defensa, y los refuerzos no marcaron diferencia. Los amistosos que disputó, ambos contra Barcelona de Guayaquil, clasificado a la Copa Libertadores, prendieron las alarmas: perdió 3-4 en Ecuador y 1-4 en El Campín. Para rematar, en el clásico Millonarios era local y, por eso, la mayoría de los 30.500 aficionados que acudieron al estadio bogotano estaban vestidos de azul. No había, entonces, demasiadas razones para pensar que Santa Fe iba a tener un buen arranque y, menos aún, que le iba a propinar a su rival de patio (que había arrancado una sonrisa de sus hinchas en la pretemporada) la derrota más humillante de todos los tiempos…

Primera etapa, en tablas

En El Campín se registró un debut que inicialmente pasó inadvertido, pero que con el paso de los años cobró importancia: el del árbitro llanero Óscar Julián Ruiz, luego considerado uno de los mejores del mundo, que terminó su trayectoria con varias marcas, entre ellas la de haber dirigido 57 partidos de la Copa Libertadores de América. En Santa Fe llamaba la atención Tílger, un delantero argentino que había llegado al país dos años antes para reforzar al desaparecido Sporting de Barranquilla; después militó en Once Caldas, con el que mostró su poder goleador.

Millonarios, por su parte, estrenaba a los argentinos Ariel Cuffaro Russo (zaguero central) y Jorge Manuel Díaz (volante), al uruguayo Peter Méndez, que venía con fama de goleador, y al portero Óscar Córdoba, un jovencito de solo 22 años. Así mismo, por primera vez aparecía en su banquillo técnico Moisés Pachón, un hombre de las entrañas de Santa Fe (de hecho, integró la nómina campeona de 1975), por lo que el partido se inició con una pizca de morbo en las tribunas (los hinchas ‘azules’ no recibieron bien su contratación).

Como muchos esperaban, fue Millonarios el que pegó primero. A los 7 minutos, John Jairo ‘Pocillo’ Díaz, un lateral que ese día jugó de volante, se adelantó a la marca de Luis Alfonso ‘Cheo’ Romero y, de cabeza, a pesar de ser de escasa estatura, marcó el primer tanto en el arco de Fernando Hernández. Podía decirse que era lógico, pues el cuadro azul llegaba precedido por mejores resultados y su hinchada estaba convencida de que se iba a gozar a un Santa Fe cargado de dudas. El empate se demoró un cuarto de hora (minuto 22) y fue el estreno feliz de Tílger con la camiseta roja: Adolfo ‘el Tren’ Valencia recogió la defensa de Millonarios con sus regates y mandó un centro para que el argentino la embocara en la cabaña de Córdoba. Con ese marcador terminó el primer tiempo.

Indulto para ‘el Tren’

Aquel domingo, con 14.000 y más aficionados en los tendidos, en la plaza de toros La Santamaría terminaba la tradicional temporada bogotana. El español José Ortega Cano y el ídolo colombiano César Rincón se enfrentaron a seis toros de la ganadería Guachicono, bien presentados, con dificultades, como era habitual en los productos de ese hierro. “Ortega Cano, vestido de nazareno y oro, y Rincón, de palo de rosa y oro. Lleno desde la barrera hasta el tejado”, comentó la prensa. Había una enorme expectativa por el enfrentamiento de los que, por entonces, eran considerados los mejores toreros del mundo.

“La tarde empezó con sol y terminó con frío rompehuesos”, lo mismo que la corrida: terrible entusiasmo al filo de las 3:30 p. m., hora a la que sonaron los clarines; silencio sepulcral y rostros cabizbajos pasadas las 5:30, cuando los aficionados abandonaron el escenario, aburridos. Una sola oreja se cortó por parte de Rincón en su primer toro; escuchó ovación en el segundo, y hubo silencio en el tercero. Para el ibérico, palmas en el primero, silencio en el segundo y bronca en el tercero. Fueron pocos, muy pocos, los olés que se escucharon aquella tarde en la plaza de toros.

Irónicamente, el cántico de olé se escuchó repetidamente unas 30 cuadras más al norte y 20 al occidente, en El Campín. Allí no hubo encierro, ni toros, pero sí un maestro que encendió los tendidos (o las tribunas). Con guayos en vez de capote o muleta, Adolfo ‘el Tren’ Valencia cambió el rumbo de ese clásico, que iba camino de ser uno más en la estadística, y lo convirtió en el partido de la historia para los hinchas de Santa Fe. “Nuevamente, hay que descubrirse ante Adolfo ‘el Tren’ Valencia… O arrodillarse, como quedaron Hamir Carabalí, Ariel Cuffaro Russo y Óscar Córdoba ante las embestidas de un jugador que no se cansa de descrestar y representar una expresión del fútbol ofensivo. La genialidad, la chispa, la fuerza, la explosión y la contundencia de este morocho de Buenaventura ya lo inscribieron en la historia de los clásicos capitalinos”, se escribió al día siguiente en la prensa capitalina.

tren 7-3

“El Tren” Valencia deja a algunos jugadores de Millonarios en el suelo antes de marcar uno de los goles

“Dos minutos le bastaron al santafereño para volver añicos la defensa de Millonarios y dirigir ese canto glorioso de la divisa roja, porque el marcador acaso tiene antecedentes en la época de El Dorado: 7-3.

Un 7-3 que no tiene objeciones porque Independiente Santa Fe fue mucho más que Millonarios durante los 90 minutos. Por dinámica, por ritmo, por despliegue físico, por esa definición que castiga los titubeos. Fue una obra de demolición, porque todo parecía tranquilo, un clásico equilibrado en el marcador (1-1)”, escribió el cronista de El Tiempo. Durante 53 minutos, fue un partido normal que no se salía del libreto previsto, pero apareció ‘el Tren’ y se llevó por delante a Millonarios…

“La gente azul quiso vivir una fiesta por las innovaciones de su formación, pero se fue muy preocupada y aplaudiendo a un ‘Tren’ Valencia que, en dos minutos, liquidó el clásico. Es el mejor patrimonio de Santa Fe”, sentenció la prensa. El decorado de la fiesta era albiazul, pero poco a poco, a medida que Adolfo Valencia ejecutaba sus pases, ligaba sus tandas, al mejor estilo de César Rincón, se tiñó de rojo y blanco. Y Valencia, todo Santa Fe, salió indultado como si fuera un toro bravo y noble que había hecho méritos suficientes para que se le perdonara la vida, aplaudido a rabiar por propios y extraños. Y Tílger, que ese día tomaba la alternativa con la casaca santafereña, salió a hombros, por la puerta grande, con una tripleta y dos habilitaciones.

Nunca antes, y nunca después hasta ahora, un equipo le marcó a su rival 7 goles en un clásico. Aunque hubo otras goleadas, en ninguna la humillación del perdedor alcanzó tal dimensión ni la misma trascendencia.

Los hinchas de Millonarios llegaron a El Campín convencidos de que su equipo se iba a gozar a un Santa Fe que llegaba inmerso en un mar de dudas, pero gracias a la magia del ‘Tren’ Valencia y al poder goleador del travieso Daniel Tílger la arepa se volteó. Y como el que gana es el que goza, Santa Fe gozó, y sigue gozando…

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